Londres,una nueva mirada a punto de que salga el tren

28 septiembre, 2021

El destino casi siempre desbanca al punto de partida. Incluso cuando el origen es coyuntural, parte del viaje, porque para llegar hasta él hay que recorrer ya parte de un camino. Viajar en el Venice Simplon- Orient- Express es llegar a Venecia pero… ¿Qué pasa con Londres? La salida puede ser igual de buena, o mejor incluso, que la llegada.

Aunque siempre nos quedará París, Sevilla tiene un encanto especial, al cielo se llega antes desde Madrid y el amor luce más sobre una góndola bamboleante, Londres tiene un nosequé quequéseyo muy especial. Y siempre a pesar de que la amenaza de lluvia obligue a hacer de la gabardina el traje típico.
Las fachadas de ladrillos enrojecidos de Belgravia; tiendas de zapatos hechos a medida que resisten cualquier charco; mercadillos underground donde los 80 nunca se marcharon y el Vintage se reconstruye permanentemente; un rosario de reyes y reinas, de lores y ladys enzarzados en disputas y amores imposibles; un puñado de héroes históricos y de villanos de leyenda; fish and chips y salsa de menta sobre los asados; un montón de escritores teínados, repartidos en cottages, callejones neblinosos y consultas oftalmológicas vacías…

Londres es una ciudad de carácter, de secretos, de sorpresas. Puerta de embarque de un viaje a lomos del Venice Simplon- Orient- Express, su perfil no tiene nada que envidiar al de los canales y los puentes de Venecia, destino clásico en cualquier viaje por Europa del corte del Gran Tour decimonónico. Londres es una, todavía y para siempre, una ciudad distinta.

A lo mejor a Agata Christie no le gustaría la versión contemporánea del Orient Express porque sus vagones azules y dorados ya no se quedan atrapados en la nieve turca durante casi una semana.

Todo lo demás sigue ahí, aunque ahora parezca insignificante: las pastillas de jabón que marcaron tendencia, los cristales art decó, los manteles de hilo o los mayordomos que hacen y deshacen lo mismo el equipaje que la cama.

Pero también es posible que Agata Christie, a pesar de su imagen de abuela eterna, y eso que fue mucho más que eso, se convirtiera en una entusiasta de la velocidad y de las nuevas tecnologías y que cambiara sus vestidos estampados por unos leggins y unas botas altas sin renunciar a la oscura curiosidad y el nomadismo.
Ella tiene gran parte de culpa acerca de la leyenda de este tren.

Los mayordomos del Orient Express emplen más de 4.000 horas convirtiendo las cabinas de día en dormitorios y viceversa. Eso supone un total de, ¡170 días de trabajo! Más curiosidades: se lvan 225.000 manteles y sábanas y se sirven 12.485 croissants.

William Wilkie Collins padecía gota y tomaba láudano para paliar el dolor. Escribió sobre sus efectos en La piedra lunar, considerada la primera novela detectivesca inglesa (1868). Con el tiempo, reconoció que no recordaba muchos pasajes por efecto de la droga.

Es ella, más, incluso, que Bond-James-Bond o Hitchcock, quien se sube a la escalerilla del siglo XXI, con su pamela y sus libros, en el andén lateral de la Estación Victoria.

Y es el bigote de Poirot, y nos los rizos de Tadzio, el que sobrevuela el aperitivo, a la altura de París y los chasquidos de los pestillos en cada cabina cuando la noche ya ha caído y las copas se han vaciado, ese momento en el que los grandes misterios se materializan y rondan por los pasillos enmoquetados.
Leyendas, historias, cuentos que construyen la ilusión de viajar, que le dan forma a las estolas de piel, los baúles con esquinas remachadas, los bombines y las nubes de vapor que siempre se asocian a un gran viaje en tren.

Sherlock Holmes también podría haber compartido litera con Watson; Baker Street queda a tiro de piedra, como aquel que dice, de la Estación Victoria. Aunque también podrían haberse reunido en el Sofitel Saint James, en el corazón del West End londinense, para organizar los detalles de la aventura. A cuadros y flores pero sin naftalina, quizá ésta sea una de las mejores bases de operaciones desde la que programar la despedida de la ciudad, hacer las últimas compras o pasear entre boutiques de pipas, sándwich de pepino y musicales incombustibles.

Aunque también se pueden desmenuzar las horas rastreando historias oscuras bajo el ángel de Picadilly o en el Parque de Saint James, refugio de nobles y reyes que fueron coronados (menos dos) y enterrados al otro lado de la verja, en la Abadía de Westminster.

Lo que parece evidente es que si el vicealmirante Horatio Nelson descendiera de los 46 metros de altura de su también cercana peana conmemorativa, lo más probable es que volviera a embarcarse sin rumbo conocido, tuerto, manco y con amante incluida, incapaz de comprender el devenir de la ciudad. Un par de días y varios paseos; una pinta de pub y una novela; algún detalle de época y una fotografía en Charing Cross, el kilómetro cero local, antes de dejarse llevar por las precisas y experimentadas manos de los stewards ferroviarios que todavía hoy hacen posible el sueño que en 1977 impulsó a James B. Sherwood a comprar y restaurar los vagones olvidados desde los que “se mira la naturaleza y a la gente… La vida, de hecho”. Christie, una vez más, dixit.

Cuando la portuguesa Catalina de Braganza se casó con Carlos II de Inglaterra, lo que hoy conocemos como Picadilly Circus se bautizó como Portugal Street y la Corona británica recibió en la dota la ciudad india de Mumbai, conocida entonces como Bom Bahai, Bahía Bonita.

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