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<oembed><version>1.0</version><provider_name>Blog de Lugares que Visitar</provider_name><provider_url>http://lugaresquevisitar.org/blog</provider_url><title>Los millones de la Yaya - Blog de Lugares que Visitar</title><type>rich</type><width>600</width><height>338</height><html>&lt;blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="9TAr7HmyJg"&gt;&lt;a href="http://lugaresquevisitar.org/blog/los-millones-de-la-yaya/"&gt;Los millones de la Yaya&lt;/a&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;iframe sandbox="allow-scripts" security="restricted" src="http://lugaresquevisitar.org/blog/los-millones-de-la-yaya/embed/#?secret=9TAr7HmyJg" width="600" height="338" title="&#x201C;Los millones de la Yaya&#x201D; &#x2014; Blog de Lugares que Visitar" data-secret="9TAr7HmyJg" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no" class="wp-embedded-content"&gt;&lt;/iframe&gt;&lt;script&gt;
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</html><description>Lo primero que me dijo cuando me vio en la ma&#xF1;ana fue que se equivoc&#xF3; en la apuesta del casino y en vez de doce mil, apost&#xF3; doce millones y, sin darse cuenta, gan&#xF3; un bot&#xED;n de casi mil millones con los que podr&#xED;a jugar el resto del d&#xED;a. Ojal&#xE1; no gastes todo hoy, le digo. Que qui&#xE9;n sabe cu&#xE1;ntos d&#xED;as m&#xE1;s de apuestas nos quedan por delante. A sus 75 a&#xF1;os Yaya ha sabido convertir los peque&#xF1;os instantes en alegr&#xED;as cotidianas o tambi&#xE9;n, en arrebatos de mal humor. Siempre bromea diciendo que no tiene ni una cana, no le gusta saber que ha aumentado de peso y mucho menos, verse al espejo las arrugas de su papada o, mucho peor, la flacidez de la piel en sus brazos. Esa ma&#xF1;ana de marzo, Yaya gan&#xF3; m&#xE1;s de mil millones y nunca un juego de casino en l&#xED;nea, pod&#xED;a traernos tanta certeza y serenidad en medio del v&#xE9;rtigo.  Antes de que los d&#xED;as de encierro comenzaran, Yaya &#x2013;mi t&#xED;a, a quien nunca hemos llamado Mar&#xED;a&#x2013; ten&#xED;a tres a&#xF1;os sin casi salir de su apartamento en Caracas. Lo hac&#xED;a para diligencias puntuales: en el banco necesitaban su firma, para tomar un caf&#xE9; a media tarde, ir a alg&#xFA;n cumplea&#xF1;os familiar, bajar a tomar el sol. Hace tres a&#xF1;os, en una consulta de rutina para vigilar de cerca sus pies diab&#xE9;ticos, el m&#xE9;dico encontr&#xF3; una bacteria y la decisi&#xF3;n no pod&#xED;a ser otra sino amputarle un dedo. Dos a&#xF1;os antes de ese instante, el diagn&#xF3;stico fue similar, pero un grupo de m&#xE9;dicos supieron c&#xF3;mo devolverle el color a ese dedo gordo del pie izquierdo que se estaba ahuecando de manera extra&#xF1;a. Pero hace tres a&#xF1;os, Yaya supo bien que la operaci&#xF3;n era urgente y no pod&#xED;a esquivarla. Le amputaron el dedo, s&#xED;, pero lo hicieron mal y la bacteria sigui&#xF3; consumiendo parte de su pie y fueron necesarios cuatro meses de antibi&#xF3;ticos y tratamientos intravenosos suministrados en casa; ese hogar convertido en hospital donde hermanas y sobrinas aprendieron a colocar y quitar v&#xED;as, a despertarse a horas dispersas a suministrar medicinas que no se consegu&#xED;an. Otra tragedia, otra historia lejana que forma su presente.  Yaya nunca m&#xE1;s pudo volver a caminar bien. Le toc&#xF3; aprender a acomodar su &#xE1;nimo en el bast&#xF3;n para apoyar su pie doblado y deforme. A pesar de la insistencia de quienes estamos fuera de su dolor &#x2013;el de la cadera cuando apoya, el del tal&#xF3;n cuando camina&#x2013; por llevarla a cualquier lugar, decidi&#xF3; salir menos cada vez y se cre&#xF3; una rutina dentro de su hogar. Retom&#xF3; su pintura, ahora con trazos dis&#xED;miles; se empe&#xF1;&#xF3; por varios d&#xED;as en tomar clases de ingl&#xE9;s online y a veces suele volver a ellas; se refugi&#xF3; en libros para colorear, aprendi&#xF3; a manejar una tablet con la que se conecta a internet para buscar los beneficios de la albahaca, de la moringa, de la pira o de cualquier otro menjurje que llame su curiosidad; pero sobre todo para pasar horas entre series, pel&#xED;culas y las apuestas de casino con un dinero que no es real, pero con el que se imagina comprando alguna casa, siempre con un patio grande y brisa fresca.&nbsp;  Cuando la cuarentena comenz&#xF3; y en los televisores de la casa solo se escuchaban los casos de ese virus raro, que me dijo Yaya un d&#xED;a: &#x201C;parece que viene de China&#x201D;, ya ella ten&#xED;a tres a&#xF1;os sin salir de aqu&#xED;.&nbsp;  * * *  &#x201C;Vieja, cu&#xED;date. No vayas a estar saliendo por ah&#xED;. Ve que tu tienes m&#xE1;s de ochenta a&#xF1;os y te la pasas comprando. No salgas vieja&#x201D;, le dice a su vecina italiana que toca el timbre de la casa para contarle casi a diario las noticias que ve de su pa&#xED;s. &#x201C;S&#xED; viejita&#x201D;, le dice, &#x201C;anda a lavarte las manos y no est&#xE9;s saliendo; chao, pues&#x201D;. Y luego Yaya cierra la puerta y se r&#xED;e, se r&#xED;e sola porque aun y con m&#xE1;s de cuarenta a&#xF1;os de vecinas, no logra entenderle el acento que no es ni italiano, ni espa&#xF1;ol; que es un c&#xFA;mulo de frases con las que se abrazan a diario al borde del pasillo.&nbsp;  Como el pie le estaba doliendo mucho cada vez que caminaba, sus salidas a tomar sol comenzaron a ser m&#xE1;s espor&#xE1;dicas. Tres meses antes del encierro, sali&#xF3; de la casa contenta a recibir la donaci&#xF3;n de una silla de ruedas y entonces, acept&#xF3; la vuelta por sitios que ten&#xED;a tiempo sin ir. Se empe&#xF1;&#xF3; en elegir las frutas, el pan, en volver a pasar por los pasillos de alg&#xFA;n supermercado que nunca lleg&#xF3; a ver con anaqueles vac&#xED;os, porque cuando Yaya decidi&#xF3; no salir m&#xE1;s, sus d&#xED;as comenzaron a ser una fiesta de noticias elegidas. Le perdi&#xF3; el ritmo a las devaluaciones de la moneda y se esmer&#xF3; en guardar los billetes del cobro de su pensi&#xF3;n porque as&#xED; sent&#xED;a que estaba ahorrando para algo. A veces, muchas veces, me encargaba un antojo y me preguntaba cu&#xE1;nto val&#xED;a ese billete, para cu&#xE1;nto alcanzaba y cuando entend&#xED;a que no era para mucho, y quiz&#xE1; para nada, lo segu&#xED;a guardando ya por costumbre. Pero ya no.&nbsp;  La silla de ruedas que puede distraer el encierro para bajar a tomar el sol, est&#xE1; parada en el mismo lugar de la sala desde ese d&#xED;a de febrero cuando Yaya volvi&#xF3; de estar m&#xE1;s de tres horas viendo un desfile de carnaval. La luz, que tanto falla en la ciudad, oblig&#xF3; a apagar el ascensor del edificio donde vivimos una vez que comenz&#xF3; la cuarentena y Yaya, que sabe bien cu&#xE1;nto le puede doler su pie con el esfuerzo de bajar y subir cada escal&#xF3;n, decidi&#xF3; tomar el sol cada ma&#xF1;ana sentada en la cama de mi cuarto. Mientras afuera todo ahora se mantiene en vac&#xED;o y silencio, Yaya sigue refugiada en su mundo de hogar, construido para ella, sin que siquiera lo advirtiera.&nbsp;  &nbsp;Mil millones m&#xE1;s, Yaya, mil millones m&#xE1;s.    Texto escrito durante el taller de Cr&#xF3;nica-Ensayo dictado&nbsp;por Jorge Carri&#xF3;n y patrocinado por la Fundaci&#xF3;n para la Cultura Urbana La entrada Los millones de la Yaya se public&#xF3; primero en Viaje con Escalas.</description></oembed>
